Lola

31 de March, 2009

Cuando esto escribo, me apresto a tomar mi desayuno y percibo, como con un cierto desdén repara en mi presencia desde la distancia. Ella me observa fijamente. Con los ojos clavados: mira y calla. El día, no se ha sacudido del todo sus sombras y reconozco que a esas primeras horas de la mañana, no estoy para nadie. Como si en casa fuera ser ausente. Pero entre ese evidente mal humor que acompaña a mis despertares con dolor por la artrosis alojada en mis huesos, para a pensar que revuelos en su cabeza loca la tendrán ocupado el pensamiento.

Pronto, despunta el alba. Ya sin ton ni son, como si la hubieren dado cuerda, con su locuaz verborrea, logra aturdirme con la amenaza de volverme loco. Durante el día, tampoco hay humano que la aguante. No he probado, pero me arriesgo a aventurar que no calla ni debajo del agua.

Parecía tímida, pero tomó confianza y ahora abusa: le da al pico como nadie. Pretendí enseñarle que un atisbo de luz no supone ser hora para armar alboroto, lo que parece no entender su cerebro insignificante como un grano. No respeta las normas sobre ruidos y, cualquier noche, en casa, sin aviso, se presentan los uniformados municipales. Se obstina, sin razón ni medida, en dar el cante. En hacerse oír por los vecinos del portal. Sin exagerar, apuesto a que no hay otro bicho viviente alrededor con tal prosapia, tan molesto y tan cansino. Luego dicen que es bueno darle libertades.

Se trata de mi Lola. Admití hacerla un hueco en mi corazón. A que ocupara mi soledad por la ausencia de mi adorada ninfa, largamente llorada cuando de forma súbita pasó a mejor vida al emprender, sin previo aviso, su largo vuelo sin retorno. La acogí con ternura haciéndola participe de mi hogar. La vi y quedé prendado. No parecía pájaro de mal agüero. Ni esa guarrilla que ahora por donde va deja rastro. La acogí con ternura haciéndola participe de mi hogar. Tenía en su expresión el aspecto de huraña. De ser huidizo, errante y sin dueño. Sin embargo, me hablaron de que era sumisa. Que seguramente, al ser alma sin dueño, su aspecto se debía más a la desconfianza de poderse librar de su sino, al tener enjaulado hasta la más remota ansia de libertad que hubiere podido auspiciar en sus sueños. ¡Valiente pájara acogí en mi seno! Como un tonto, me cautivo apenas conocernos. Recuerdo que aquel era día señalado por ser contemplado en calendario, jornada reivindicativa de la mujer en pos de sus internacionales derechos.

Nada más pertenecerme, le puse en su sitio e inicie mis cábalas en un intento de lograr cuanto antes mi dominio sobre ella. Desde un primer momento, urdí mis planes conforme a manuales al uso. A favor de una cordial convivencia, pensé en hacerla pronto la reina del hogar empleándome con especial señorío en amoldar su vida a mis caprichos. Con pericia y derroche de paciencia, entendía que sería capaz de someterla a mi plena servidumbre. Con perseverancia y tiempo lograría que obedeciera a mis mandados a cambio de comer de mi mano. Sería, sin duda, la envidia de todos mis amigos. Sin embargo, a pesar de tanta habladuría de que domesticarla hoy en día, como siempre, aún es fácil empeño, resulta todo un fiasco. Tal vez me faltaron suficientes agallas y experiencia a la hora de intentarlo.

Resulta que es extraña y exótica, de pelaje y linaje nada claro. Con total osadía se muestra despierta y altiva, grácil en sus andares. Harto picarona en su mundo, abriga su cuerpo menudo entre plumas de colorido raro y campa a sus anchas sin dirección, ni dueño. Va a su bola. Pasa de mí. No hace ni puto caso. Ya, vencido, no la digo ni pío. Vilmente, me tiene tomada la sobaquera y lo sabe. A pesar de los pesares, a mi linda cotorrilla, mi mascota, mi animal de compañía, la quiero más que a nadie.



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